
En el huerto de Don Damián, vivía Pepa la cebolla tan blanca y rasposa, que le decían Pepa la llorona. Tan gorda y oronda, que le decían cebo la pepona.
Pepi, Pepa, pepita o Pepona, como queráis decir, todas amaban a Fidel el pimentón, tan verde y tan flaco como el gato de Don Paco. Tan largo y alto como el camino a Santiago, pero Fidel el pimentón, quería a Natalia, la naranja. Tan redonda y olorosa como la primavera del azahar.
Pepi, Pepa, Pepita o Pepona, sufría pena, penita y penosa, por el amor del pimentón, elegante como el talle de un gigante.
Por las noches no podía dormir y mamá cebolla le cantaba nanas a todas horas. Pepa no sabía qué hacer para que Fidel se enemorara de ella; así que habló con Curra la coliflor, que vendía pócimas a gogó.
Curra la coliflor, le recetó un brebaje para el amor. La poción en cuestión, tenía que ser tomada por Pepa, la cuarta noche, en un día de chaparrón. Pero la lluvia no llegaba y Pepa pasó a la acción y de un solo trago entera se la bebió. Curra se lo advirtió.... No la bebas si no hay chaparrón, pues tu nariz, se convertirá en una aguja de las de trinchar. Y así sucedió, Pepa en un espejo se miró y a todos de un grito despertó.
--¡Ay que terrible dolor, ya no tengo solución! Todo el huerto de mí se reirá y Fidel ya no me amará.
En efecto, todos a su paso se reían de ella menos Fidel el pimentón, que desde ese día empezó a consolarla y a darse cuenta de que lo bello que era su interior. Comprendió que lo de afuera es sólo un caparazón.
El Día de Reyes, la boda se celebró y en el jardín de las verduras todos cantaban su canción.
------ Cebolla guapa y oronda, señorona de luz blanca cegadora.
Pepa le llamaban a esta triste cebolla,
enamorada de la vida, del amor y de Fidel el pimentón.
Todas las noches cantaba al son de las notas del puerro saxofón.
Pepa le llamaban a esta triste cebolla.
La nariz de aguja desapareció, cuando tuvo un hijo varón.
Y a partir de entonces vivieron felices, pero no comieron perdices, sino muchas lombrices...







