Ingrid y Greta, son dos preciosas gatas que viven conmigo. A las dos las salvé de una muerte segura, la primera fue arrojada a un contenedor de escombro, pese a su leve maullido pude escucharla y rescatarla y a la segunda, se la quité literalmente de las manos a un rudo campesino cuando iba a machacarle la cabeza con una piedra. Por lo visto, su gata había tenido una camada y se le ocurrió la "feliz idea de quitárselos de en medio de esa manera".

Son mis pequeños tesoros, no sé que haría ahora sin ellas. Me dan cariño gratificante, lleno de ternura y no me miran con cara de reproche como algunos amigos.

Ellas saben esperar, son como ángeles que custodian los flancos de mi cama.

Las dos rivalizaron al principio por el territorio de los sofás y por el cariño de su ama, osease yo, pero ahora son grandes amigas y a la caída de la tarde se hacen su mutua refriega de lavados y se preparan para dormir las dos muy juntitas.

A la primera le puse Ingrid por la actriz sueca Ingrid Bergman, (recordando Casablanca o Stramboli) y a la segunda Greta por la Garbo. Soy una gran aficionada a los clásicos blanco y negro.

Hablando de cine y un poco de literatura, podría citar a Stendhal, que mimaba a sus dos perros como si fueran sus hijos; a Marimeé, que ya envejecido vivía solo con un gato y una tortuga; a Víctor Hugo, muy apegado a su perro que lo acompañó en su exilio.

Por último citaré a Gambón, sus cuadernos son reveladores, se deja conmover por la mirada de un buey, la vivacidad del caballo y en la prisión, cuidaba de una araña y había hecho de un caracol su compañero.

Con esto "no se asusten", no quiero decir que una cosa suplante a la otra, ya somos mayorcitos, pero si hago un alegato por la defensa de los animales, deberíamos de intentar de tratarlos y cuidarlos como nos tratamos y cuidamos a nosotros mismos.